Es una de las escultoras más importantes de nuestro tiempo. Sus
principales fuentes de inspiración son los caballos, y los
representa utilizando materiales como ramas, barro y metal.
Sus primeras obras, en los años setenta, eran enormes yeguas de
yeso, de presencia suave y tranquila. Su actitud reposada se oponía
por completo al furioso corcel guerrero presente en casi todas las
esculturas equinas. Tiempo después volvió a los materiales
naturales. En su serie Dry Fork los caballos le
permitieron explorar reflexiones e identificaciones personales.
Para la siguiente serie utilizó barro y varas de madera, y parecía
que sus caballos hubieran quedado endurecidos por un río
desbordado. Eran oscuros y casi siniestros, y reflejan la
conciencia de que quizá Deborah era más un semental guerrero que
una tranquila yegua. Representan el proceso de dar forma a
actitudes y sentimientos tras una inundación de experiencias. Los
materiales y las imágenes también pretendían sugerir que los
caballos eran forma y fondo, la fusión del mundo exterior con el
sujeto.
En las últimas dos décadas, el arte de Butterfield ha dado
argumentos indirectos pero de gran alcance a favor de los derechos
de los animales, mediante la exploración de la incuestionable
inteligencia y dignidad de los que ella ha llegado a conocer mejor.
Riot es un buen ejemplo de la misión permanente de
Butterfield: ayudarnos a ver y sentir el mundo desde una nueva
perspectiva.